Estación Coelemu

 

Todo en la vida tiene su ritmo
menos el ritmo cambiante de cada cual.

Es tan breve nuestro lapso de tiempo
que a la mente tan sólo le queda pensar.

Los majestuosos pinares
del cerro La Picota,
agazapados en sus laderas,
temiendo el destino final de la madera
fueron testigos del ritmo de los trenes.

Trenes de amores, trenes de amigos,
de noticias y visitas; de chimenea,
de humo, de muerte y de carbón.

En Coelemu, donde al parecer el tiempo
tiene un magico encanto
y se detiene,
los trenes marcaban cada dia
el instante exacto, el momento oportuno
para compartir la amistad,
para encontrar al amigo,
para recibir a un amor lejano.

Los ramales llegaban cada dia,
sin cesar, a las 10 y a las 5,
como se solía comentar.

Las tortillas de rescoldo,
las polleras de las chinas,
las campanas de las locomotoras y
las noticias de la ciudad,
eran el ambiente propicio,
la excusa perfecta,
para vivir cada dia la amistad.

De Chillán y Concepción
venía e iba el ramal,
con sus sueños y sus viajes
y su encanto tan social.

Con gallinas, huevos duros y tortillas
con huasos, chinas y un chamal...

El ritmo de la vida era tan hermoso...
Hasta que la Estación detuvo su
respirar.

Hoy los mismos rieles que encantaban
a los niños con el paso de los trenes
se encuentran mudos, mohosos
y cubiertos por la hierba seca.

Mudos testigos de un pasado amical,
de tantos amores que llegaban y se iban,
y de tantos otros que partieron para nunca retornar.

Hoy su silencio es sepulcral.
Solo deambulan en la estación, los fantasmas
de los Pino, de los Viel, de los Concha y los Muñoz.

El frio devenir del progreso
hasta aqui quiso llegar,
sin embargo... aquí el tiempo se detuvo,
y el paisaje de la estación,
en nada pudo cambiar.


NQC
1999